América Latina, Género

Rostros de la desigualdad: las mujeres frente a la pandemia COVID-19 | Primera Parte

La nueva enfermedad Covid-19, declarada pandemia por la Organización Mundial de la Salud (OMS), el pasado 11 de marzo de 2020, generó un conjunto de cambios en la vida diaria de millones de personas; todos ellos producto de la necesidad de frenar la propagación del virus que la provoca. Y si bien todos y todas hemos modificado total o parcialmente nuestras actividades, el papel de la mujer ha sido crucial tanto en el ámbito privado como en el público para hacer frente a la crisis sanitaria que vivimos.

La realidad por la que atravesamos generó nuevas cotidianeidades sembradas al amparo del confinamiento: medida adoptada por la mayoría de los gobiernos alrededor del mundo como estrategia de mitigación y contención de los contagios, que implicó en algunos sectores el frenó a la movilidad, la parálisis de algunas actividades productivas y, en algunos países, hasta el cierre de fronteras. Y aunque en la mayor parte de los análisis que circulan en la prensa diaria la desmovilización en el espacio público ha sido el objeto de análisis privilegiado, la realidad es que cada una de esas mediadas tuvo repercusiones directas, también, y en gran medida, en el espacio privado, debido a que se introdujeron una reconfiguración del hogar tal y como se le conocía hasta hace poco tiempo. Ahora, éste, lejos de representar, en muchos sentidos, un espacio de regeneración de la vida ante la voracidad de la producción y el consumo mercantiles, pasó a ser, también, espacio escolar, laboral, de convivencia y de distracción, cada uno de ellos interactuando con los restantes de manera simultánea.

Esta dinámica dio como resultado que las mujeres tuvieran que hacerse cargo de la educación en casa, apoyando en las actividades escolares de sus hijos o hermanos menores, en algunos casos fungiendo, inclusive, como profesoras ad-hoc para explicar a detalle los temas que debían aprender, lo que se sumó a la realización de una multiplicidad de labores domésticas, actividades que, por lo demás, siguen siendo en muchas sociedades y culturas un trabajo no remunerado (cuando se le llega a considerar como trabajo y no como responsabilidades históricas, propias de las mujeres).

Debido al incremento exponencial (y prácticamente de la noche a la mañana) del tiempo que el resto de los y las integrantes de las familias tuvieron que comenzar a pasar en casa, para las mujeres de cada hogar, ello significó un incremento proporcional (y a veces desproporcionado) de sus responsabilidades asignadas, producto, por supuesto, no de la pandemia per se, sino, antes bien, de su papel histórico asociado al cuidado familiar, consecuencia de la división social del trabajo y de la construcción social del género de las que son hechas objeto.

Además, no se debe perder de vista que, ante la precariedad de la infraestructura hospitalaria y poco personal sanitario en varios países de América Latina y el Caribe, entre ellos México, un alto porcentaje de enfermos de Covid-19 fueron atendidos en casa, es decir, no fueron hospitalizados, dejando, de nueva cuenta, en manos de las mujeres la labor de sus cuidados y de su recuperación, ya sea porque su padecimiento fue diagnosticado como no grave o porque, ante la curva de contagios, la capacidad hospitalaria quedo rebasada. Un trabajo arduo por lo demandantes que son actividades como las de mantener todo desinfectado, conservar los alimentos frescos, el monitoreo constantemente de los niveles de oxigenación del enfermo y la búsqueda, dependiendo de la gravedad, de tanques o concentrados de oxígeno.  

Un panorama nada alentador que se agravó por la crisis económica sin precedentes que se desencadenó, dejando a un amplio sector de la población en el desempleo, en el comercio informal, o en la absoluta precariedad, lo que rápidamente incrementó las cifras de pobreza y pobreza extrema en el mundo; siendo las mujeres quienes la padecen con mayor frecuencia, primordialmente, debido a las disparidades que aún prevalecen entre hombres y mujeres, entre otras situaciones, en lo concerniente a la percepción salarial, que siguen siendo más bajos para ellas y sin prestaciones sociales, teniendo poco margen para su propia autonomía económica.

Si bien es cierto que los varones son quienes han padecido más el nuevo coronavirus en aspectos que tienen que ver con la letalidad del virus entre dicho género, con cifras altas en decesos; no podemos dejar de lado que las comunidades en las que prevalecen estas desigualdades económicas también enfrentan severos obstáculos para el acceso a servicios de salud pública, sobre todo en las zonas rurales, debido a que hay pocos o nulos sanatorios o, en su defecto, porque los pocos que existen en una localidad se encuentran a muchos kilómetros de distancia, generando trayectos de hasta dos o tres horas, algunos a pie como en ciertas ciudades de Haití, para lograr una revisión médica; lo que empeora ante la falta de recursos económicos, generando un enorme descenso en la probabilidad de atenderse con un especialista y recibir un tratamiento adecuado. 

Lo anterior, además, hace más complicado en algunas localidades que ni si quiera tienen garantizado el acceso al agua potable, elemento indispensable para el cuidado de la salud, socavando las oportunidades de sobrevivencia de las poblaciones que se hallan en esa situación. Una realidad innegable que se acentuó y profundizó a raíz de la pandemia es, sin duda, que se recrudecieron los rostros de la desigualdad, en su mayoría la que azota a mujeres y niñas, que en un parpadear de ojos tuvieron que afrontar, además, la exclusión escolar y la brecha digital de las que son objeto ante la falta de dispositivos móviles, infraestructura en telecomunicaciones y/o una televisión para dar continuidad a su formación académica. La Unicef informó en agosto de 2020 que cerca de 11 millones de niñas podrían no regresar a la escuela durante ese año, cifra alarmante considerando que gran parte de ellas tendrán pocas posibilidades de retomar su educación en un futuro cercano.

Ante este panorama desolador de mujeres y niñas en el espacio público, como bien lo hace notar el informe titulado Covid-19 y liderazgo de las Mujeres: para responder con eficacia y reconstruir mejor, de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), quizá no estaría de más mostrar que el lado oculto de esta moneda es aquel que nos muestra que, en el espacio público, ha sido la participación de las mujeres en las esferas de alto nivel político quienes han conseguido un mejor manejo de la pandemia en sus países, como fue el caso de Dinamarca, Etiopía, Finlandia, Alemania, Islandia, Nueva Zelandia y Eslovaquia, que tienen Jefas de Estado.

Y es que, a pesar de que han sido esos liderazgos los que más lecciones le han dado al mundo cuando se trata de enfrentar esta situación de crisis, lo que es un hecho es que su participación en dichos espacios sigue siendo objeto de discriminación. El informe de la ONU refleja que la representación sustantiva de las mujeres en sus países sigue siendo muy baja, al contarse apenas con 7.2% Jefas de Estado y 6.2% Jefas de Gobierno en el mundo, lo cual implica que son pocas las mujeres que logran acceder a puestos de alto nivel en el aparato burocrático-estatal. Su incidencia en la toma de decisiones es inferior con respecto a la de los hombres, no solo en el poder ejecutivo, sino en otras áreas de carácter institucional, como los Ministerios de Salud, en los que la cifra llega al 24.7%; en esencia la cuota de género se está agilizando en áreas de menor grado de injerencia, muy lejos de las esferas que permiten su participación en la toma de decisiones.

La emergencia sanitaria requirió un esfuerzo extra en varios frentes de las mujeres, triplicando o quizá cuadriplicando sus actividades, en especial en lo que respecta a las actividades del hogar y los cuidados de la familia, provocando altos costes para su bienestar, por la fatiga crónica, el cansancio, el estrés y/o la depresión; porque no sólo se trata de la “N” cantidad de cosas que se les exige atender y procurar, sino que, además, también se trata de lo que implica por cómo se han exacerbado las condiciones preexistentes relacionadas a las grandes desigualdades socio-económicas, de género y digitales, que prevalecen en nuestras sociedades. En el momento presente, sin duda, hay una alta probabilidad de tener un retroceso en sus posibilidades de continuar con su formación académica, ascenso profesional o de simplemente mejorar sus condiciones económicas.

Es indispensable reflexionar sobre su papel e importancia para hacer frente desde diferentes aristas a los desafíos que tendrán en puerta desde el plano legislativo hasta el de erradicación de la violencia de género, otro de los aspectos que notablemente se incrementó.

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